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Tras las huellas del Apu Pariacaca Imprimir E-mail
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6. Cuando los treinta hombres estaban mirando el hígado y el corazón de la llama, uno de ellos, un llacuas llamado Quita Pariasca, dijo: ¡Ay de nosotros! La suerte no es buena, hermanos; en el futuro nuestro padre Pariacaca será abandonado...
11. Llenos de odio y cólera, le dijeron a Quita Pariasca: ¿Qué puede saber un llacuas, un hombre hediondo? Nuestro padre Pariacaca, en todos los confines del Chinchaysuyo tiene hombres a su disposición. ¿Acaso podría él quedar abandonado? ¿Qué puede saber este hombre malvado?
12. Pocos días después, oyeron decir que los huiracochas ya habían aparecido en Cajamarca.
Taylor, Gerald. Ritos y Tradiciones de Huarochirí. Segunda edición revisada. 1999. Capítulo 18."


A las 10 de la mañana del 27 de abril de 1610 los padres Francisco de Ávila, Olmedo y Fabián de Ayala a la cabeza de doscientos indios huarochiranos irrumpieron en el adoratorio del mítico Pariacaca luego de ascender por Escalerayoc, un tramo de espectacular belleza en la parte más alta del camino real que unía Pachacámac con Jauja y Cusco. Esta vez no se trataba de un peregrinaje más, sino del acto culminante de la cruzada emprendida por los extirpadores de idolatrías de Huarochirí: la destrucción y saqueo del célebre santuario de Pariacaca, la deidad más importante del Chinchaysuyo incaico, ubicada en un promontorio rocoso cercano a la falda del pico sur del nevado del mismo nombre.
Ellos habían partido el día anterior del poblado de Yambilla y en su recorrido de cinco leguas (poco más de 27 kilómetros) fueron destruyendo todas las huacas locales, quemando las momias de los ancestros de todas las etnias de Huarochirí y cargando con el botín de ofrendas y vasijas ceremoniales. "No vuo este dia cosa particular mas de que fue muy grande el consuelo que truximos por todo el camino viendo por tantas partes el fuego y humo que salia de entre los cerros y peñascos donde se quemauan los cuerpos muertos que antes adorauan y no alegraua poco la griteria y vozes de los yndios en semajantes actos con la continua musica de trompetas y chirimias que por aquellos montes resonaua...", así lo relató el jesuita Fabián de Ayala en la carta annua fechada el 3 de mayo de 1611.fotoPK2g
Luego de ascender por las enormes gradas de piedra, Avila mandó tapiar con lodo y rocas el ingreso al boquerón que servía como adoratorio de Pariacaca, instaló cruces de madera en las cimas vecinas y ordenó tocar trompetas y chirimias como muestra de su victoria. Enseguida fueron desbaratados uno a uno los peldaños de piedra y derruidas las almenas que coronaban el santuario.
En eso estaban cuando se oyó una potente detonación que brotó de las entrañas de la montaña. "¡ñan Pariacaca, huañun!", gritaron los indios. "¡Ya murió Pariacaca!", exclamaron no sin temor. Ellos celebraron su cruzada sin saber que, desde entonces, el mundo se hizo más pobre y ajeno.

Sin embargo, Pariacaca no murió en la intentona. Su adoratorio pudo ser destruido, pero la inmensa montaña nevada sigue gobernando, soberbia e imponente, los destinos de Huarochirí.
Sus hermosas cimas nevadas de 5.724 y 5.571 metros de altura simbolizan la dualidad que caracteriza la cosmovisión andina, y ofrecen una magnífica vista para los viajeros. Los riachuelos que forman sus deshielos dan origen directa o indirectamente a cinco ríos: Mantaro, Rímac, Mala, Lurín y Cañete. Sus nieves eternas controlan el clima y la supervivencia de los frágiles ecosistemas de las cuencas, valles y páramos altiplánicos vecinos. Eso lo supieron las etnias de todo Huarochirí por eso es que rindieron culto a su poder, dando pie a una tradición cultural que podemos leer en el célebre Manuscrito Quechua traducido por José María Arguedas (Dioses y Hombres de Huarcohirí) y mejor aún en la traducción de Gerald Taylor titulada Ritos y Tradiciones de Huarochirí. Pero ¿dónde está el adoratorio de Pariacaca? ¿Por qué otros santuarios prehispánicos gozan de prestigio mientras que el de Pariacaca quedó en el olvido? ¿Por qué otros apus nevados merecen peregrinaciones (como la del Qoyur Ritti, por ejemplo) mientras que las ceremonias en honor al apu limeño perdieron vigencia? Con más preguntas que respuestas emprendimos nuestra larga marcha hacia Escalerayoc, no sin antes revisar toda la información que logramos recopilar. Viejos textos de cronistas, el Manuscrito Quechua de Huarochirí, las publicaciones de Pierre Duviols, Jacinto Barraza y Carlos Romero - quienes rescataron la carta annua escrita por el padre Fabián de Ayala-, Duccio Bonavia -gestor de una expedición a la zona de Escalerayoc- y el detallado estudio in situ realizado por César Astuhuamán Gonzales, entre otras investigaciones (ver recuadro bibliográfico).

Lo nuestro no fue una expedición científica, sino un peregrinaje a todas las zonas sacras que rodean el nevado Pariacaca. Para esto partimos de Tanta, por tratarse del poblado más cercano -veinte kilómetros, casi en línea recta. Nos esperaba un duro trajín andariego por sobre los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con temperaturas de varios grados bajo cero y la amenaza de lluvias y granizadas; así que contratamos mulas y llamas al viejo estilo de los viajeros que durante siglos unieron Lima con Jauja y otras ciudades siguiendo el camino inca. fotoPK1gAdemás contamos con el apoyo y equipos de los experimentados montañistas Bruno Castro Pletikosic y Eduardo Garma Jáuregui, del grupo "Américo Tordoya". La escarcha aún no se había derretido en las callecitas de Tanta cuando partimos rumbo a Escalerayoc siguiendo la ruta de los pastores locales.
El primer tramo pasa por las orillas de la laguna Paucarcocha, vecina a Tanta y formada por las aguas del río Warku en las nacientes del río Cañete, poblada de truchas, huashuas y patos silvestres. Sólo hasta aquí viajamos bajo la atenta vigilancia del pico sur del Pariacaca.
Luego se inicia el ascenso hasta el anexo de Oclla, con sus enormes corrales de piedra instalados bajo enormes farallones de piedra que lo resguarda del frío y de los fuertes vientos de la puna. Desde aquí sigue la ruta hasta una zona de estepas cubiertas de ichu y barridas por fuertes vientos helados que nos obligan a reducir el paso y arroparnos con pasamontañas, guantes y casacas térmicas.

La fuerte radiación solar de las mañanas no impide sentir el gélido ventarrón de la puna que nos congela hasta los huesos, pero el clima pasa a un segundo plano cuando descubrimos en medio de la pampa el trazo empedrado del antiguo camino real incaico. El hallazgo nos garantiza que ya no hay forma de perderse en nuestra ruta hacia Escalerayoc, pero el problema son ahora las llamas que se dispersan por la pampa pese al esfuerzo de los arrieros. Por ellos nos enteramos de que las llamas siempre van en grupos siguiendo a un animal-guía y que nunca hay que permitir que se sienten,pues "son más tercas que una mula" y no hay fuerza que las vuelva a poner de pie. Cada una soporta hasta 40 kilos de carga y son "ecológicas", pues respetan las raíces de las plantas que les sirven de alimento mientras que sus pezuñas acolchadas no aplastan los matorrales. Casi a mitad del camino descendemos a una quebrada donde discurren deshielos procedentes del Pariacaca, rodeados de enormes paredes de roca erosionadas por el viento y por los bruscos cambios de temperatura. El inmenso silencio que reina en la zona sólo es interrumpido por el sonido del viento enredado entre rocas, donde nos observan decenas de vizcachas atentas a nuestros movimientos. Poco a poco el camino real incaico se hace más visible. Luce empedrado y tan ancho como para permitir el paso de un auto. Es ahí donde recordamos las crónicas de Pedro Cieza de León, quien atribuyó su construcción al inca Túpac Yupanqui: "no es poco de ver y notar su grandeza y cuan grandes escaleras tiene, y hoy día se ven por entre aquellas nieves, para la poder pasar".

Luego de un suave ascenso el camino se angosta y apunta hacia el norte. Casi en la cima de esa pequeña montaña logramos contemplar a lo lejos la silueta de la laguna sagrada de Mullococha, escenario de la dura batalla que enfrentó a Pariacaca con Huallallo Carhuincho.

Según el Manuscrito Quechua de Huarochirí, fueron cinco días de feroces combates en los que Pariacaca y sus hermanos lograron derrotar a Huallallo Carhuincho hasta expulsarlo hacia el valle del Mantaro, convertido ahora en el nevado Huaytapallana y condenado a comer perros.
Poco a poco el camino se hace tan angosto que sólo permite el paso de una persona y corre paralelo a la orilla izquierda del Mullococha, cuyas aguas se ven amenazantes doscientos metros más abajo. Este es uno de los tramos más espectaculares del camino, pues permite gozar la singular belleza del Mullucocha, enorme laguna formada por los huaicos, nevadas y tempestades con las que Pariacaca venció a Huallallo Carhuincho, convertido en poderoso fuego exterminador.
El nombre de la laguna responde precisamente al alimento favorito de Pariacaca: el mullu, o spondylus molido, una concha sacralizada en todo el Tawantinsuyo, pues su tamaño y color advertía cambios bruscos de temperatura o la preeminencia del fenómeno del Niño.

Casi una hora dura el trayecto por toda la orilla de la laguna hasta llegar a una zona muy estrecha, en la que nos detenemos asombrados por la aparición del nevado Pariacaca, hacia la izquierda, mientras que a la derecha contemplamos la extraña soledad de la isla de Mullucocha.foto112
Aquí se inician las decenas de escalones que caracterizan a Escalerayoc. Comprobamos que no se trata ya de un simple camino, sino de un lugar sagrado con veredas empedradas y enormes lajas que sirvieron como puente para transitar entre bofedales y lagunillas que parecen de manufactura humana.
Este es un buen lugar para descansar, pero no podemos evitar recorrer todas sus esquinas para contemplar desde distintos ángulos la magnífica presencia del nevado, la hermosa vista que ofrece la isla del Mullucocha y una enorme catarata formada por los deshielos de las nieves eternas.
Desde una enorme roca, nuestros guías nos señalan una lejana montaña. "Ese es nuestro destino", advierten para nuestro desconsuelo. Luego comprobamos que el esfuerzo bien vale la pena, pues es aquí donde se inicia el mejor tramo del camino, con amplias veredas empedradas, acueductos que corren paralelos al camino y decenas de escaleras perfectamente talladas que hacen mucho más fácil el duro ascenso.
El camino se ve interrumpido por una enorme roca que parece emerger de la tierra, como si se tratara de una descomunal serpiente de piedra. Según las tradiciones se trata del amaru, la mítica serpiente que trató de ayudar a Huallalo Carhuincho pero que terminó petrificada cuando Pariacaca clavó una lanza de oro en su lomo. Desde entonces, los caminantes raspan su cuerpo para cargar con la sabiduría del amaru. Desde lo alto del "amaru" podemos contemplar las lagunas Escalera y Culibrayoc, e iniciamos el descenso a la quebrada de Pumaruri por una enorme escalinata de lajas que se bifurca hacia el promontorio rocoso donde está la caverna de Cuchimachay y otra ruta que continúa hasta la zona de Escalera.
Sin embargo, lo primero que nos llama la atención es el paisaje de la quebrada. Enormes rocas yacen por doquier y nos hacen recordar que esta zona fue escenario de la ruda batalla que enfrentaron Pariacaca y Haullalo Carhuincho.

Casi sin aliento elegimos una zona de corrales para acampar y alojar las llamas. Son casi las tres de la tarde y aprovechamos el calorcito que aún domina la zona para armar carpas, almorzar y recorrer la zona cercana a las lagunas. Frente a nosotros podemos contemplar la enorme escalera que asciende hacia la abra que separa la vertiente del Atlántico con la del Pacífico.foto08g
Es aquí donde sentimos los primeros estragos de la altura. Estamos a poco más de 4.600 metros sobre el nivel del mar, pero es la dura caminata lo que nos obliga a descansar dentro de la carpa. Bruno y Eduardo, sin embargo, están como en su casa y aprovechan la luz del día para recorrer las orillas de las lagunas Escalera y Culibrayoc, donde Flavio Ramos (nuestro amable guía, propietario de las llamas) ya se encuentra pescando truchas.
Los cronistas y viajeros que recorrieron esta zona coinciden en señalar a la cordillera del Pariacaca como la sierra más fría del Perú, y eso lo comprobamos en la noche, cuando el termómetro descendió varios grados bajo cero. Sin embargo, nuestros guías coinciden en que durante la temporada de heladas (mayo y junio) el frío llega hasta 15 grados bajo cero.
Para nosotros no fue problema gracias a la carpa y las bolsas de dormir de pluma de ganso que llevaron los muchachos del "Américo Tordoya", pero en las antiguas crónicas se refiere que los caminantes acudían a los tambos vecinos para abrigarse con el cuerpo de las llamas.
A la mañana siguiente, y con la escarcha aún pegada en el exterior de nuestra carpa, salimos para recorrer la zona de Escalera luego de ascender fácilmente por sus peldaños de piedra y lajas. La obra nos deja boquiabiertos por su magnífica ingeniería, pese a que el tiempo y la mano del hombre se han encargado de desbaratar varias secciones de la enorme escalinata. La primera sección de casi 200 escalones termina en una enorme piedra que semeja un altar pétreo, rodeado de veredas y plazoletas. Justo desde aquí descubrimos que se tiene una hermosa vista del pico sur del Pariacaca, que surge entre los picos rocosos de la montaña situada frente a nosotros.
En ese momento imaginamos a los antiguos caminantes procedentes de Cusco, Huamanga, Jauja o Huancavelica. Imaginamos su esfuerzo y su duro trajín, pero también su asombro al llegar a la cima y contemplar extasiados el pico nevado del Pariacaca, como una señal del camino de descenso hacia Pachacámac o Lima.
Imaginamos también sus ofrendas y ceremonias en honor al Apu nevado. Algunas de ellas, sobre todo las apachetas, son de manufactura reciente, siempre apuntando hacia el Pariacaca, siempre de piedra con hojitas de coca escondidas en su interior.

Poco o nada quedan de las plazoletas que antiguamente embellecían esta zona, pero son sus veredas y escalinatas las que lucen aun más descuidadas, con matorrales de ichu entre las gradas y formando un perfecto escondite para las vizcachas que abundan en la zona. De regreso continuamos nuestro recorrido hasta Cuchimachay, una zona en la que enormes piedras forman abrigos rocosos. Según la carta annua escrita por el padre Fabián de Ayala, y por la impecable investigación de César Astuhuamán, éste podría ser el adoratorio de Pariacaca destruido por Ávila durante su cruzada de extirpación de idolatrías.
El lugar guarda un ambiente sacro y misterioso, pero lo más sorprendente de su interior son sus enormes pinturas rupestres con escenas de camélidos de color ocre corriendo en manada. Algunas imágenes son de casi un metro de largo y se presentan con sus fetos en el interior, como si se tratara de un adoratorio a la fertilidad de las llamas, alpacas y vicuñas que alguna vez abundaron en la zona. Entre ellas, sólo logramos identificar la única figura humana, escondida en una saliente rocosa, como si observara el paso de los animales sagrados.fotoPK6g
Según los estudios, las imágenes fueron dibujadas hace 10 mil años pero otras son mucho más recientes. Por un momento imaginamos que la zona pudo servir también como refugio para cazadores, o que ahí se pudo dar los primeros pasos de la domesticación de camélidos, génesis de la cultura andina. Sin embargo, son sus altas paredes cubiertas de dibujos, sus rincones útiles para el abrigo y sus callejoncitos formados por paredes de roca lo que brinda un ambiente sagrado, como si aún estuviera poblada por espíritus del pasado. Cuchimachay es algo así como la catedral de Pariacaca, con sus techos y paredes pintados con los iconos que brindaron alimentos, abrigo y sustento a los pueblos ganaderos altiplánicos.

En las afueras de Cuchimachay hay un sinnúmero de rocas desde las cuales se puede contemplar el pico sur del Pariacaca. Y es ahí donde vamos identificando decenas de ofrendas talladas en la roca simulando los ambos picos del Apu nevado. No son las apachetas que caracterizan los caminos andinos, sino pequeñas obras que han requerido el esfuerzo de fieles y peregrinos que visitaron la zona durante cientos de años.
Conforme trepamos las inmensas rocas vamos identificando esos dos "cachitos" que apuntan hacia el Pariacaca, algunos pequeños y deformes, otros perfectamente tallados y de regular envergadura. En los alrededores recorremos bofedales que deben llenarse durante la temporada de lluvias, pequeñas veredas que ascienden hacia rocas gigantescas, apachetas y explanadas donde descansamos sin dejar de contemplar la magnífica visión que ofrece el Pariacaca.
Sin duda se trata de un territorio sacralizado, de imponente belleza natural en el que la obra de sus anónimos constructores no interrumpe la solemnidad del paisaje. El lugar ofrece inigualables atractivos para el turismo de alta montaña, pero provoca mantenerlo intacto, alejado de la presencia humana, con todo su enorme significado cultural e histórico guardado para siempre entre sus moles pétreas, cientos de escalones y preciosas veredas de piedra.
No dudamos en que ese fuerte viento que nos golpea es el espíritu receloso del Apu Pariacaca que ronda por la zona solitario y etéreo, vigilando su espacio donde alguna vez venció al poderoso Huallallo Carhuincho hasta convertirse en la deidad más importante del Chinchaysuyo. Nosotros atendemos su pedido y antes de retornar le dejamos una ofrenda de hojas de coca, mullu y licor, en honor a la magnificencia de un dios andino que se niega a morir.

Texto y fotos Roberto Ochoa Berreteaga

Lecturas recomendadas

Para empezar, resulta obligado revisar el Manuscrito Quechua de Huarochirí en la versión de José María Arguedas o, mejor aún, en la traducción de Gerard Taylor (Ritos y Tradiciones de Huarochirí) que incluso se puede conseguir en algunas librerías limeñas como El Virrey, por ejemplo.
Otra lectura obligada es la investigación de César Astuahuamán Gonzales, La Ruta de los Dioses: de Pachacámac a Pariacaca, publicada en la revista Mauqía Llacta, correspondiente a noviembre de 1997.
Para saber más de las pinturas de Cuchimachay, nada mejor que la obra de Duccio Bonavia "El Arte Rupestre" y "Tras las Huellas de Acosta" publicado en la revista HISTORICA, volumen 8, que se puede fotocopiar en la biblioteca de la Universidad Católica de Lima. Así como el exhaustivo estudio de Carlos Farfán y Sandra Negro.
La carta annua y toda la información sobre los documentos jesuitas se puede obtener en la obra de Jacinto Barraza y Carlos Romero, así como en los estudios publicados por Pierre Duviols en la revista Andina, o en el libro de homenaje a María Rostworowski.

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