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Laraos de Huarochirí: La Fiesta del Agua Imprimir E-mail
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"Agüita cristalina/
yo te ruego que no te seques./
Si tú no riegas /
moriría el pueblo de Laraos..."

Yaraví de Fiesta del Agua.

Acabamos de llegar a Laraos de Huarochirí y lo primero que nos llama la atención es su moderno local municipal que contrasta con las bellas casonas ubicadas en el perímetro de su plaza principal.
Pero más llamativo aún es el detalle de las seis grandes banderas que ondean junto a la loza deportiva: el rojiblanco pabellón nacional, la multicolor bandera inca, el blasón negro con fondo amarillo del Concejo Provincial de Lima y las banderas verde, amarilla y roja de las tres parcialidades (ex-ayllus) que habitan Laraos desde tiempos inmemoriales. Todas las banderasfoto01g son de igual dimensión y están izadas a la misma altura como si trataran de explicar la diversidad cultural e histórica de Laraos, que abarca sus orígenes mitológicos, la posterior presencia incaica y los aportes virreinales y republicanos. El sol brilla en todo su esplendor como para hacernos olvidar el frío invierno limeño y los 3,600 metros de altura. Sin embargo, Laraos parece deshabitado. "Todos se han ido a la puna para celebrar el Yacu Raymi, la Fiesta del Agua -nos indica el alcalde Víctor Alvarado, quien nos acompañó las seis horas que demora el recorrido de 100 kilómetros desde Lima Metropolitana hasta la cuenca alta del río Santa Eulalia, donde se asienta el poblado.    
Desde el balcón municipal tratamos de ubicarnos. Al frente, hacia el sur, está San Juan de Iris con sus plazas y calles que parecen colgadas sobre el abismo. Hacia el este, los poblados de Carampoma y Huansa, situados en ambas márgenes de la naciente del río Santa Eulalia, rodeados de andenes cultivados en las faldas de la cadena de montañas que terminan en Ticlio. Hacia el oeste la quebrada que acabamos de recorrer procedentes de Lima, y apuntando al norte (a espaldas nuestras) los cerros tutelares de Laraos por donde se ve la línea de un camino de herradura que lleva hasta Canta y la cuenca del río Chillón luego de un día de caminata.
El comunero Omar Huaca se ofrece como guía y nos alquila sus caballos para transitar por el viejo camino que lleva hasta Huacrasuni ("cuerno alto", en quechua) una pequeña meseta ubicada en las alturas de Laraos que sirve como escenario para el ancestral Yacu Raymi.

Mientras ascendemos por los cerros, Omar nos cuenta que la Fiesta del Agua se remonta al gobierno del cacique Moshoke, gestor del canal de regadío que trae las aguas de la laguna Quiulacocha hasta los campos de cultivos cercanos a Laraos.
A diferencia de otros poblados de la zona, en Laraos la figura del cacique Moshoke mantiene vigencia pese a los sucesivos procesos de extirpación de idolatrías y posterior aculturización occidental. Las leyendas locales cuentan que Moshoke y su esposa Mama Pillao iniciaron la construcción del canal con el apoyo de sus tres hijos Allauca, Chaupín y Pauyac, considerados hasta la fecha como los "mayores" de la comunidad, tanto así que las tres parcialidades locales adoptaron sus nombres.
Como se sabe, los poblados altoandinos sólo cuentan con tres meses de lluvia (de enero a marzo) y el resto del año mantienen sus cultivos con puquios o con los canales de regadío. En Laraos la leyenda sostiene que cuando los manantiales resultaron insuficientes, Tayta Moshoke decidió la construcción de la acequia, identificando a la laguna de Quiulacocha como una fuente natural para su pueblo. La monumental obra convocó a todos los habitantes de la zona y abarcó 30 kilómetros terminando en la propia casa de Tayta Moshoke, hoy en día ubicada en la zona arqueológica vecina a Laraos.
El viento helado de la puna hiere mi rostro mientras cabalgamos entre abismos, parajes rocosos y pampas cubiertas de flores silvestres y cactus. Conforme ascendemos el paisaje se cubre de ichu y de la escasa vegetación que se atreve a crecer a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar. El frío y el duro trajinar sólo se justifican por el bello paisaje que nos rodea. Debajo de nosotros apenas logramos identificar las casitas y plazas de Carampoma y Huanza, sus sembríos multicolores, sus andenes prehispánicos y la imponente presencia de las cumbres cordilleranas que llegan hasta Ticlio y Casapalca.
El temido soroche es como un espíritu de la montaña que poco a poco se va apoderando de mis sentidos, que me provoca un leve dolor de cabeza, primero, y luego un adormecimiento acentuado por el lento trotar del caballo. No se vé ni un alma a nuestro alrededor. La soledad es tan enorme como los páramos altoandinos que vamos atravesando conforme nos acercamos a Huacrasuni.

Han pasado tres horas desde que iniciamos la cabalgata y la impaciencia se apodera de nosotros. Subimos y descendemos por el camino mientras el dolor de cabeza se incrementa a cada paso que da el caballo. El peso de la mochila se me hace insoportable en la espalda. De pronto, el silencio es roto por unos cánticos que rebotan entre las quebradas y abismos, acompañados por un melancólico sonido que nos hace recordar las gaitas escocesas. "Debe ser el soroche" -pienso, pero mis compañeros de viaje parecen resucitar cuando escuchan el mismo coro de voces femeninas.    
Al pasar la siguiente curva del camino, descubrimos la pequeña meseta de Huacrasuni que semeja un enorme andén sobre el abismo. La explanada está situada en las faldas de un cerro coronado con un enigmático montículo que semeja una pirámide. En otra cima sobresale un grupo de rocas en las que logramos reconocer siluetas humanas y de animales formadas por la erosión del viento y por el paso del tiempo.
Es una visión que sin duda sucedió en el pasado. Decenas de comuneros luciendo ponchos negros y sombreros cubiertos de flores pueblan la meseta mientras sus caballos trotan libres entre los pastizales. Unos danzan y otros permanecen sentados al lado de sus hogueras, mientras que otro grupo labora arduamente en una quebrada vecina limpiando el cauce de una antiquísima toma de agua.
El soroche, el frío y la pesadumbre se diluyeron en un instante por tan inigualable espectáculo. Los cánticos fueron como un recibimiento que rebotó en nuestros corazones acelerando al mismo tiempo la marcha de nuestros caballos. La tarde empezaba a caer, el espacio y tiempo desaparecía conforme nos acercábamos a Huacrasuni y al anhelado Yacu Raymi. "Dulce agua cristalina/ de aquellos mis cerros nevaditos/ te esperamos con alegría/ agüita cristalina", cantaban las mamachas Aparas vestidas con poncho y faldones largos, sandalias de cuero confoto13g pasadores de lana multicolor y sombreros adornados de flores. "Sean bienvenidos al Cayán de Huacrasuni" -nos dijeron a manera de bienvenida mientras permanecían sentadas hombro a hombro como resguardando unos viejísimos huacos llenos de puyo (cal con chonta), agua pura del manantial y el infaltable aguardiente para espantar el frío. A su alrededor están instalados los "campamentos" de cada familia comunera de las tres parcialidades de Laraos que participan en la fiesta. Sólo están las mujeres y niños. Ellos cantan o preparan sus alimentos junto a un improvisado fogón. Lo varones brillan por su ausencia.

"De Quiulococha vienen las aguas de aquellos cerros nevaditos..." Las aparas continuaban cantando los yaravíes mientras presentan unas mantitas moradas que guardan la "lechuga" (hojas de coca), el "zahumerio" (cigarros Inka, sin filtro) y el "vinoro" (licor), sobrenombres con los que lograron evadir los duros años de la extirpación de idolatrías. Sus cánticos son acompañados por el melancólico sonido de la shirisuya, un instrumento pentafónico de origen prehispánico similar a un clarinete pero con cuerpo de madera y boquilla confeccionada con el cañón de las plumas del cóndor.
"Bajan las aguas cristalinas para darnos la vida a todos...". Mientras las aparas continúan con sus cánticos, sobre una colina vecina escuchamos las primeras bombardas de la fiesta. Ascendemos lo más rápido posible (estamos a casi 4.200 msnm) y nos estremece la visión de decenas de comuneros que llegan a la cumbre marchando en fila india, dando gritos y armados de lampas y picos, portando las banderas de cada parcialidad.
Ellos vienen de su dura jornada de limpieza desde la última parada en Cachiri y llegan jubilosos a Huacrasuni cantando "De aquellos cerros nevaditos nacen las aguas cristalinas, juega, juega las varitas,.." Saltan, brindan y se abrazan porque el agua llegó a Huacrasuni. Danzan a empellones alrededor de sus tres banderas, roja, amarilla y verde; símbolos de las parcialidades fundadas por los hijos de Tayta Moshoque.
En Huacrasuni sólo se respeta la majestad de la comunidad y de las parcialidades. Alcaldes, curas y gobernadores pierden su autoridad para convertirse en un participante más de las celebraciones. Las autoridades de la comunidad, empero, asumen la jerarquía de Tayta Moshoke, Mama Pillau y sus hijos Allauca, Chaupín y Pauyac.
Cada parcialidad escoge a dos alguaciles para la fiesta y eligenfoto112g previamente al Pariac (brujo o shamán) encargado de las ceremonias de "pagapus" (pagos a la tierra y al agua) y de dirigir la "champería" o reparación del canal de regadío.
Ellos lucen ponchos negros con rayitas verdes portando sus varayoc con aplicaciones de plata y cintas verdes y moradas, colores que atraen la suerte y la prosperidad. Los alguaciles tienen otras varas adornadas con cintas de los colores del Tawantinsuyo.
Los pachacas tienen las caras pintadas de negro, visten pantalones cortos, sombrero y cargan bolsos de cuero repletos de "lechuguita" para el cansancio. Ellos son los encargados de la chamba y del vacilón, aporrean a los ociosos y a los malcriados con voluminosos látigos de cuero y lana. Los champeros, por su parte, son los ejecutores del duro trabajo de refaccionar cada tramo del canal y siempre se les vé con sus palas y picos.

La alegría invade la meseta de Huacrasuni cuando descienden los comuneros marchando en fila india y portando sus estandartes. Los cascabeles adornan las banderas y su sonido se mezcla con la música de la shirisuya (el único instrumento que se oye durante la festividad) y con los yaravíes, las hualinas y otros cánticos a cargo de las aparas.
Mientras descendemos nos explican que los cascabeles reproducen el sonido de las cascadas y cuelgan en las astas de las banderas junto con las plumas del cóndor ("porque el agua viene de donde viven los cóndores") y con flores silvestres como la panganhuayta, la chingullua y otras plantas silvestres que crecen en las riberas del canal.
Las autoridades de la Fiesta bajan en andas a Huacrasuni para iniciar los ritos con la repartición de "lechuga" a todos los presentes, la misma que recibimos con las dos manos juntas, en señal de respeto y veneración. Brindan con "vinoro" en pequeños porongos, mientras no vemos obligados a encender un "zahumerio" que nos deja casi sin aliento. Rechazar estas invitaciones significaría la expulsión de la festividad "sino serán cogidos por el espíritu de Huacrasuni" -nos explica uno de los pachacas mientras masticamos las hojas de coca, fumamos el cigarrillo Inka sin filtro y bebemos el fuerte aguardiente.
Cuando cae la noche el ambiente se va llenando de magia y espiritualidad, pero es el frío el que nos mantiene paralizados junto a la fogata ceremonial. Los pachacas ya están embriagados, inician sus parodias y reparten latigazos a diestra y siniestra.
Uno de ellos imita al cura del pueblo, pero nos cuentan quefoto111g en anteriores oportunidades ha sido el mismo Papa romano el invitado a la fiesta. El pachaca que hace de cura -que está en una bomba de padre y señor mío- viste una vieja sotana y lo traen amarrado "para evitar sus bendiciones". Incluso, le construyen una catedral con ramas de quenuales para que oficien sus misas mientras los comuneros celebran al agüita cristalina. Cuando se lo piden, el cura celebra matrimonios y bautizos, pero en esta oportunidad no hubo "víctimas" entre los presentes.
Las autoridades nos aseguran que han invitado a la misma banda de música de la Guardia Republicana: un grupo de pachacas que imitan los instrumentos musicales para aportar su cuota de marcialidad a la fiesta.
En el interín continúan los cánticos en castellano y quechua, y es precisamente en medio de la celebración cuando nos percatamos que de no ser por el idioma todo aporte occidental es ridiculizado durante el Yacu Raymi, rescatando sólo las viejas costumbres prehispánicas.

Omar, nuestro guía, vuelve a aparecer en medio de la noche para invitarnos a su "campamento" familiar donde nos presenta a su padre, Bernabé Huaca, quien éste año representa al Tayta Moshoke. Junto al fogón y sentados sobre las pieles de carnero conocemos a su madre, quien nos ofrece un reconstituyente mate de hierbas para espantar el frío y el soroche que nos ha cogido con fuerza.
La fiesta continúa pese a la helada y los gélidos ventarrones que bajan de las alturas de Huacrasuni. Por si fuera poco, es inútil dormir entre los cánticos y danzas que se suceden hasta el amanecer. "No te duermas -me advirtieron- los espíritus de la quebrada te llenarán de pesadillas". Sueño con cascadas de fuego que se precipitan desde la montaña. Me despierto sobresaltada y logro ver las chispas de la fogata que ascienden lentamente hacia el cielo y que se pierden entre las miles de estrellas de la Vía Láctea, que se puede observar nítidamente como si fuera una larga serpiente sobre la noche en Huacrasuni.
A la mañana siguiente me despierta el calorcito de los primeros rayos de sol. Para mi sorpresa, las aparas, pachacas, champeros y autoridades están frescos pese a que no han dormido en toda la noche. Las mamitas nos invitan mates, humitas de maíz, chacta de queso y la sopa huacrasuni, preparada con pan, fideos, leche, agua y chocolate.
Después del suculento desayuno los comuneros se apostaron en la colina para dar inicio el último rito o baile de despedida.
Todos cantan a coro:
Ayahuari huamaya
Antamantay la parada ancayucava naciendo
Soraupata la parada sorauhuaytava cruzando
Quishguarcalla la parada ancayucava bajando
Carapeca la parada sorauhuaytava cruzando,... aumentando,... pasando,...floreciendo,....
Las aparas y los hombres, formados en dos filas por separado y entrelazados por brazos y manos empiezan la huayma. El rito consiste en repetir uno a uno los cincuenta nombres de los lugares donde se realiza la champería desde laguna de Quiulacocha hasta la casa del cacique Moshoke, en Laraos. Sobre la planicie danzan entrelazados dando pasos hacia adelante, hacia atrás y a los costados.
Los que llevan las banderas golpean el asta en el piso y se escucha el cascabeleo. Los pachacas gritan "okey, okey" - su moderno grito de guerra.
Después del huayma los danzantes forman una ronda alrededor foto141gde las banderas. Entonan versos, uno a uno se contestan y bailan. Fuera del círculo están los pachacas. Enseguida bailan la Shullmaya (flor silvestre) o danza de despedida. Todos aceleran sus pasos y cánticos. Los comuneros parecen enloquecidos de alegría, se mueven al compás de sus canciones, la shirisuya y los cascabeles de las banderas no dejan de sonar. "Aguita cristalina yo te ruego que no te seques. Si tú no riegas moriría el pueblo de Laraos", repiten a viva a voz. Continúan su baile en círculo. Las aparas entonan yaravíes."Shullmaya hasta el año venidero, shullmaya, shullmaya.    
Soraocito cayancito, shullmaya borra, borra tu rastrito". El eco retumba los cerros cercanos. "Si estamos vivos volveremos/ sino ya no más".
Desde Huacrasuni se inicia el descenso rumbo a Laraos. Las mamachas cargan sus chivas a lomo de mula, mientras que los comuneros continúan sus trabajos de limpieza en el canal. Don Zenón Gaspar se ofrece como nuestro nuevo guía y nos explica que la fiesta del agua empezó desde hace una semana en Laraos. Las festividades son preparadas desde enero, cuando la asamblea comunal escoge a los champeros, los alguaciles, a las autoridades, al brujo y a los pachacas.

Nuestro anfitrión nos dice que el primer día los comuneros trabajan en la acequia desde Laraos hacia Lancaluma, Tullpacha y Cuñiscancha ubicado en los cerros vecinos. Este primer día los comuneros limpian el cauce del agua y realizan una ofrenda al agua con sangre de cerdo regada sobre el cauce vacío del canal. "El año pasado se olvidaron de realizar la ofrenda y el agua nunca llegó al pueblo" -nos cuenta don Zenón.
El día siguiente continúa la champeria en las comunidades de Mitmay y Carampoma, un poco más arriba de Laraos. Después se alistan para subir a las alturas. El lunes, tercer día de la fiesta, los comuneros dirigidos por el pariac o brujo y por el Tayta Moshoque, se dirigen hacia la toma de Acobamba. Suben en mulas y llevan leña para sus fogatas, pieles de carnero para dormir, utensilios de cocina, agua, leche y otros alimentos que los mantendrán hasta el viernes.
Previa ofrenda a sus antepasados los comuneros dejan salir el agua de la laguna de Quiulacocha para regar sus sembríos hasta la próxima temporada de lluvias.
Desde aquí hasta Laraos las tres parcialidades se dividen foto102gel trabajo de acuerdo a sus territorios. Desde Acobamba hasta la primera parada en Atunhuaranga le pertenece a la parcialidad de Pauyac. A la mañana siguiente la comitiva continúa su labor en la parcialidad de Allauca, hijo mayor del cacique Moshoke. Pauyac le da el mando a su hermano y los champeros inician sus trabajos de limpieza del canal.
"Los champeros deben saber reparar acequias cuando el agua se cae. Este trabajo no es fácil, hay que meter harta champa y evitar las filtraciones", afirma Don Zenón. De Atunhuaranga siguen hasta Quipancha, sede de la parcialidad de Chaupin.
El viernes, siete días después de iniciado los trabajos, el agua ha llegado a Huacrasuni -territorio de la parcialidad de Pauyac- y de aquí la comitiva parte en fila hasta Atumpampa y luego hasta el poblado de Laraos.

Los trabajos de "champería" y las celebraciones en honor al agua se coronan al octavo día en el mismo pueblo de Laraos. Una contagiante emoción y júbilo embargan a los larahuinos cuando el agua bendita desciende por el canal ubicado en las alturas del Palaxa, cerro tutelar del pueblo.
El precioso líquido es sinónimo de vida para hombres, animales y cultivos de Laraos. Las bombardas ya se escuchan desde las alturas de Huamanlicla, anunciando el paso del agua. Mujeres y niños lucen su ropa de fiesta para recibir a los comuneros. Las autoridades, alguaciles y todos los protagonistas de la costumbre, excepto las aparas, bajan el cerro adelantándose al curso del canal. La fila es liderada por el pariac Donato quien fuma el "zahumerio" en honor al agua.
También llegan los jinetes portando los estandartes de las tres parcialidades. Las campanas doblan en honor al agua y a los comuneros. En la puerta de la iglesia, un grupo de ancianas cantan sus yaravíes junto a la imagen de San Pedro, patrono de Laraos, quien también se suma a los festejos como un invitado más.
Laraos es una fiesta. Las aparas esperan sentadas, cantan y ofrecen un "calientito", "zahumerio" y "lechuguita" a los comuneros que participaron en la dura faena. Algunas lloran de alegría mientras sus niños corren para unirse a los recios comuneros. En otra esquina del pueblo se ve a otro grupo de mujeres luciendo sombreros blancos adornado de flores. Ellas se han juntado en la calle que da la entrada al pueblo, no se acercan donde están las aparas y a los comuneros que acaban de llegar. Ellas sólo esperan, miran y sonríen de alegría.
Don Zenón nos dice que el año pasado el agua no llegó al pueblo, "todos llorábamos, todos nos llenamos de tristeza". Pero ahora es sólo un mal recuerdo. El agua inunda la plaza principal pero a nadie le importa. "Mejor es que sobre a que falte" -nos dicen sin dejar de sonreír.
Por la noche los comuneros se dirigen a la "casa de Moshoke" en procesión, danzando y brindando alrededor de las tres banderas de las parcialidades.
La "casa de Moshoke" está ubicada en un asentamiento arqueológico dentro de la zona urbana de Laraos. En una pequeña habitación de cuatro metros cuadrados con paredes y techo de piedra ingresan apretujados las autoridades de la Fiesta. Afuera prosiguen los cánticos acompañados por la suave música de la shirisuya. En el pequeño recinto no cabe ni un alfiler, todos están sentados y con la venia del pariac inician una antiquísima ceremonia.
Sólo ellos descifrarán el futuro de los larahuinos para esta foto142nueva temporada, a través del "juego de las mostacillas": el brujo consulta a Moshoke si habrá sequía, buenas lluvias, si caerán desgracias o vendrán tiempos mejores para el pueblo. Los pronósticos dependen de la forma y exactitud cómo se insertan las mostacillas en unas espinas de 20 centímetros. "Incluso se puede ver la muerte o la fecundidad de los pobladores", dice Zenón.
Como fin de fiesta al día siguiente se realiza la infaltable carrera de caballos. Los mitos y tradiciones de Huarochirí relatan competencias con llamas, hasta que los españoles trajeron los caballos. Y es precisamente en Laraos donde conocimos a don Aníbal Macurí Cisneros, legendario jinete vencedor en un sinnúmeros de carreras realizadas en todos los poblados de Santa Eulalia y de Huarochirí.
Luego de la carrera celebrada el día domingo, el Yacu Raymi culmina en el reservorio de Anchacocha, ubicado a las afueras de Laraos. Aquí los comuneros limpian el estanque mientras cantan, bailan y comparten las suculentas pachamancas, sus célebres quesos andinos, sus deliciosas papas y otros potajes locales.
Lo más triste es el retorno a Lima y dejar a tantos buenos amigos que nos acompañaron en Huacrasuni y Laraos mientras duró esta fiesta inolvidable.

Texto y Fotos de Roberto Ochoa Berreteaga